El ejemplo de San Maximiliano Kolbe

Relato de su muerte

San Maximiliano Kolbe, franciscano polaco, va al encuentro de la muerte en el campo de concentración de Auschwitz en lugar de un compañero de prisión, padre de familia. Se ha dicho a sí mismo: «La vida huye rápidamente… Esforcémonos por dar el mayor número posible de pruebas de amor».

Auschwitz; el infierno en la tierra, fue el lugar de exterminio, perfectamente organizado, de la dignidad y de la vida humana.

Un día de agosto de 1.941, de un calor asfixiante, el jefe del campo Fritsch, conocido como «Cara de Dogo», llamó a los ochocientos prisioneros del bloque 14 en donde se pasaba revista. Uno de los detenidos del bloque 14 había conseguido huir durante las tareas de recolección. Por ello, sus compañeros de bloque debían permanecer cuadrados desde las ocho de la mañana a pleno sol, sin desayuno, comida ni agua. Los vigilantes les mostraron un cubo de sopa, y luego lentamente la fueron arrojando por un desagüe. El que caía desmayado, recibía una paliza y era arrojado a una esquina de la plaza de revista.

Por la tarde de aquel día terrible apareció por fin el jefe del campamento, Fritch, llevando un mensaje que equivalía a una sentencia de muerte: no había sido posible encontrar al fugitivo. En consecuencia, debían morir diez de sus camaradas de bloque.

Fritch comienza a pasearse por las filas, alargando el tormento, con la mirada siniestra de un dios vengador, buscando candidatos. Cuando la elección recae sobre el sargento Franciszck Gajowniczek, que había huido de un campamento de prisioneros de guerra, en medio del silencio de la muerte irrumpe en unos gritos terribles llorando por su mujer y sus hijos que nunca volverá a ver.

Entonces una figura escuálida avanza entre las filas de prisioneros, se acerca al jefe de campamento y, en voz baja pero con palabras insistentes, comienza a tratar con él. Es una escena tan inaudita que los vigilantes armados con metralletas se olvidan de disparar. El diálogo que siguió forma ya parte de la historia de la iglesia: «Quiero morir en lugar de ese hombre», le dice el detenido que lleva el número 16670 a «Cara de Dogo». El jefe del campamento se limita a preguntar sin comprender: «¿Que quiere este cerdo polaco?».

«Soy sacerdote católico. Quiero morir por ese»., repite el prisionero, señalando al sargento. Y al preguntarle por que, da una razón sencilla y absolutamente heroica, la única que podía convencer al hombre de las S.S., interesado por la mano de obra de sus esclavos: «Yo soy viejo y estoy solo, y el tiene mujer e hijos»…»¡Es un cura!», dice el jefe del campamento en tono de burla a su ayudante. Y luego, entono escueto y militar, un tanto divertido responde: «iiAceptado!!».

Para los testigos oculares es todavía hoy un enigma que el comandante entrara en tratos con un «cerdo polaco», un mero número preso, un cura, y que consintiera en aceptar su ofrecimiento. Exactamente igual podía haber llevado a los dos al verdugo. El sargento volvió a nacer aquel día. El que va a la muerte por el se llama Raimundo Kolbe, y es un padre franciscano que en su religión es conocido con el nombre de Maximiliano. Cuando voluntariamente se hace inscribir en las listas de muerte tiene cuarenta y siete años.

San Maximiliano Kolbe en Auschwitz

El padre Kolbe entro en el llamado Búnker de la Muerte. Este búnker era la invención más siniestra en el repertorio de aniquilamiento del campo de concentración. Celdas de nueve metros cuadrados sin catres, y como único mobiliario un cubo para las necesidades personales. Los candidatos a la muerte eran abandonados aquí a sí mismos hasta que morían de hambre o de sed. Cada dos días se abrían unos minutos las celdas para sacar los cadáveres. Entonces no era raro encontrar vacío el cubo; los prisioneros, medio enloquecidos por la sed, habían bebido su propia orina. Y a veces sucedía que los muertos estaban roídos…

Sin embargo cuando el franciscano San Maximiliano Kolbe ingreso en el «Búnker de la Muerte» sucedió algo que jamás se había dado: los condenados a muerte comenzaron a rezar y a cantar cantos marianos. «El búnker resonaba como una iglesia», recuerda el prisionero Brunon Borgovíec, el cual más tarde recogía los cadáveres.

Pasadas dos semanas, hubo necesidad de la celda 18, en la que se encontraba el padre Kolbe, para las próximas víctimas. El 14 de Agosto, bajo el director del bloque de los enfermos con una jeringuilla de ácido fénico a la lúgubre pieza y termino con los cuatro presos que
aún quedaban. Entre ellos se encontraba Kolbe. Completamente sin fuerzas, estaba sentado en el suelo, apoyado en la pared. Borgoviec, que saco los cadáveres informa: «Su rostro irradiaba de una manera insólita. Sus ojos estaban del todo abiertos fijos en un punto. Toda su actitud era como si estuviera en éxtasis. Jamás podré olvidar el espectáculo».

«Fue como una descarga atmosférica, como un rayo -dice el compañero de prisión de Kolbe, Nicet Wodarsk, recordando aquel día-. Una enorme sacudida recorrió todo el campamento» Y los supervivientes de Auschwitz están de acuerdo solo esta vez un prisionero dio su vida por otro.

Su muerte por otro, que él realizo con toda naturalidad, sin gestos heroicos, le aseguro a San Maximiliano Kolbe, mucho antes de su ratificación eclesiástica el 10 de Octubre de 1.982, un puesto en el cielo de los santos del pueblo polaco. La muerte en el «búnker de la muerte» y la incineración en el crematorio fueron el punto último en el que confluyó una vida movida por una fe radical…

(del Libro: «Grandes Cristianos de nuestro siglo»)

Para la reflexión

  • ¿Qué es lo que más te ha impactado de este relato?
  • ¿Piensas que tú estas llamado a dar ese testimonio de amor en el ambiente que
    te rodea, o por el contrario piensas que San M. Kolbe estaba hecho de «otra
    pasta»?. ¿Por qué?
  • ¿Crees que San M. Kolbe perdono a sus «ejecutores»? Y tú ¿Que
    harías?

Citas para acompañar:

Lc 6,12
Rm 3,1-3
Mc 14,38
I Cor 16,13

Foto de Pablo Heimplatz en Unsplash