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Jesús nos libra del pecado¿Nos reconocemos realmente pecadores? 'Donde abunda el Pecado...'El ser humano está herido. No es una herida superficial la que tenemos, sí no una herida enraizada en lo más profundo de nuestro ser. Sí miramos hacía el mundo que nos rodea y hacía dentro de nosotros mismos, veremos que se trata de una realidad palpable.
Miramos a nuestro alrededor y vemos el mal del mundo. No sólo desgracias naturales, (terremotos, inundaciones...); sino males como resultado de situaciones creadas por los hombres, que acaban teniendo consecuencias, que quizá nadie hubiera querido, pero que todos hemos creado.
Colectivamente, a escala mundial, ¿Quien no ve el pecado -el mal- y la esclavitud en las guerras y en la forma de hacer las paces sin paz, en la opresión de las grandes potencias sobre todos los países, en los montajes de las multinacionales, en los derechos humanos que son violados constantemente por las mismas naciones que los firmaron, etc....
Si miramos hacía dentro de nosotros mismos, podemos encontrar dificutades similares en el pequeño mundo que somos cada uno de nosotros, y tenemos que hacer nuestro lo que decía San Pablo:
"Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos
instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo no."
(Rom. 7,18-25)
Abramos cada uno nuestros ojos y nuestra conciencia sobre el mapa mundial, racional, local, familiar y personal. Y saquemos conclusiones. Y que tire la primera piedra el que esté sin pecado, el que crea que es absolutamente libre. Y no podemos evadirnos hablando de "superación del pecado" o que "es cosa de niños"...; como hace nuestra "adulta" sociedad. Esa "superación" o ese "infantilismo" son modos de huir para no tener que reconocer las propias culpas. Creemos que pecado significa "ser malo" pero uno no hace el mal porque quiere como dirá S. Pablo: "Es el bien lo que quiero hacer y es el mal el que se me presenta..."
El mal provoca desconcierto y nos resistimos a reconocer que forma parte de nosotros. Pero solamente reconociéndolo podremos recuperar la paz y la serenidad y podremos mirar a Dios y al futuro sin miedo. Extrañamente, hoy olvidamos e ignoramos el sentido de pecado y la conciencia de esclavitud, refugiados en el "es bueno porque me gusta y malo porque me disgusta".
Nos engañamos pensando que el pecado no existe y que somos libres. Y así, no tiene sentido hablar de redención y espera de algún tipo de liberación. Liberación que es, en definitiva, liberarse del pecado siguiendo el camino marcado por Jesús; camino que es posible seguir, aún sin conocerlo a El, si somos fíeles a la propia conciencia.
Si olvidamos nuestra condición, perdemos de vista nuestro destino. Nos incapacitamos para la esperanza, para la gratitud y el amor. Necesitamos abrir la razón y los ojos a la herida del mal que nos marca a todos.
Es necesario que dejemos de engañarnos. Sentir la herida es buscar su curación. Somos hijos de una larga tradición de egoísmos; nos cuesta dar un sí limpio a Dios y a los hombres.
La Biblia nos habla de nuestra condición y de nuestro destino. La condición y el destino humano fueron objeto de reflexión constante para el hombre de ayer, tanto como lo son para el de hoy.
Los once primeros capítulos de Génesis nos descubren los cuatro elementos fundamentales de toda vida humana: creación, elección, pecado y redención. Dios crea y da el crecimiento, como lo proclama el poema de la creación.
También nos muestra que el hombre está destinado a la amistad con Dios, como lo da a entender la historia del paraíso terrenal (Gen. 2).
Por amarga experiencia propia, hubo de conocer y reconocer el pueblo de Israel que el pecado es una constante de la historia humana. El pueblo de Israel era tremendamente orgulloso y obstinado, era un pueblo de "corazón duro". Este pueblo es el símbolo de nosotros mismos.
El diálogo simbólico del Génesis entre Adán y Eva, entre ellos y la serpiente o entre ellos y Dios nos revela nuestras propias contradicciones, nuestras medias verdades que son medias mentiras, nuestros "pecados origínales"; es decir, pecados que nos inclinan a cometer otros mayores: para tapar una mentira tenemos que decir otra mayor, un robo conduce a cometer otro. El pecado engendra una cadena de pecados, de la que solo podemos liberarnos sí reconocemos la culpa inicial. ¿Nos sabemos pecadores y esclavos?. Lo sabremos sí razonamos sobre nuestra experiencia. Dios nos libera de nuestro pecado '... Sobreabunda la gracia'Pero Dios no deja al hombre solo. A cada caída le sigue una manifestación de la gracia: por ejemplo, al expulsar Dios a Adán y a Eva del Paraíso Dios les promete a nuestros primeros padres que la descendencia de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente (símbolo del pecado).
Esta ruptura, Dios no la ha querido para siempre; Dios no ha querido que los hombres estuviéramos para siempre condenados a no poder levantarnos del mal que nos ata. Jesús, reconstruyó el camino: amando totalmente hasta dar la vida. Y así ahora los hombres, sí lo seguimos, podemos aprender de nuevo a amar, podemos librarnos de las ansías de dominio que llevamos dentro, podemos caminar de nuevo hacía el reino de vida que Dios tiene preparado. Para ello tenemos que reconocer la culpa, el pecado que hay en nosotros. Reconocer la culpa no es aún superarla: es un simple imperativo de realismo. Es Dios quien nos libra del mal, siempre que colaboremos.
El dialogo del paraíso anuncia, al final, la victoria del linaje de la mujer; victoria que nunca podremos conseguir solos. La culpa, el pecado, no son la última palabra sobre la vida humana. En esta lucha saldremos victoriosos. María llena de gracia
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