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Reflexión de Adviento: Escucha de la Palabra en el camino de Jesús

¿Qué es el tiempo de Adviento? ¿A quién esperamos?

El Adviento es un tiempo de espera para un acontecimiento importante. Si esto ya lo sabemos es importante preguntarnos qué esperamos, para qué, si tiene sentido ahora para nosostros...

El Adviento es un tiempo de espera y preparación interior para la venida de nuestro Señor Jesús, una venida que tiene sentido y actualidad ahora, no se trata de esperar la celebración de un día de recordatorio de algo que ocurrió hace muchos años y que ha merecido pasar a la historia, eso sería igual todos los años, y aunque sea un acontecimiento no parece necesitar ninguna preparación "interior".

Prepararnos no es que cuando "el llegue" nos encuentre sin mancha, como si nunca hubiésemos "roto un plato"...

La realidad es muy distinta, se trata de ver nuestro corazón y nuestra debilidad, es el tiempo de recoger en un cesto todos nuestros pecados, nuestros problemas, nuestros miedos e inseguridades y ofrecerlo a aquel que puede destruir la muerte, este Jesús que ESTA VIVO.

Para poder reflexionar debemos ser capaces de detenernos, de parar, de hacer un alto en nuestra vida y mirarnos por dentro, de ver que frutos son los que damos...

Es el momento de reconocer que no somos tan "libres" como pensábamos, que siempre hay algo que nos hace dudar: un fracaso, un desengaño, un problema del cual no sabemos como vamos a salir...

Es el momento de descubrir que Dios no es un absurdo, que no es el monstruo y el causante de que todo te salga mal, el que premia a los buenos y castiga a los malos...

Para prepararnos a esperar a alguien, primero tenemos que saber a quién esperamos, es decir, conocer a ese a quien esperamos... Y a El solo se le conoce a través de la lectura de la Palabra, que es la que nos dice como es, como piensa, como actúa, y no como fue, como pensaba y como actuó.

¿Para qué escuchamos la Palabra de Dios?

"En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra
era Dios..." (Genesis)

Este texto nos presenta a "La Palabra" en la esfera divina, preexistiendo al principio de la creación, en
plena comunión con el Padre. La Palabra tiene como contenido propio el proyecto de Dios y su ejecución. La Palabra es Dios.

La palabra de una persona es siempre la expresión de su intimidad, de su pensar, de su sentir, de su querer, de su ser interior, de su misterio personal, y de su vida. Es la manifestación activa de un yo para dejarse conocer y ser aceptado o rechazado. La palabra tiene como función esencial hablar, dirigirse a alguien esperando ser acogida y respondida. Supone siempre unos destinatarios dispuestos a escucharla como alguien que siempre tiene algo que decirnos.

La persona que habla con sinceridad se compromete a escuchar. Por la palabra llegamos las personas al encuentro, a la amistad, al amor, a la comunión..., a la enemistad, al odio... Cuando la palabra sincera, que expresa la vida del que habla, es escuchada con igual sinceridad, hay comunicación de vida.

Lo que llamamos Palabra de Dios es la expresión de su intimidad, de su pensamiento, y de su voluntad, de su ser personal, de su misterio, de su vida. Expresión total, plena, perfecta. Esta palabra es el Hijo, encarnada en Jesús.

Hay una pre-historia de la Palabra de Dios, que pre-existía a la creación, que es eterna como Dios mismo. Hay también una historia de la Palabra de Dios en dos etapas: creadora y salvadora-liberadora.

Dios crea por su palabra, se hace palabra en Jesús. Y Jesús nos revela la vida íntima de Dios.

Pero surge un problema: Nuestra mentalidad occidental considera las palabras sólo en relación con el pensamiento o realidad que expresan. Para el antiguo hebreo son en si una realidad. En el relato bíblico Dios "habla" y sus palabras son la luz, el firmamento, los animales, el hombre. Es Palabra eficaz.

La eficacia de la palabra depende de la convicción del que la pronuncia. Cuando Dios nos habla, su palabra es creíble, porque es creadora: habla y nace el mundo, habla y sanan los enfermos, habla y los muertos resucitan...

"la palabra de dios es viva y eficaz,
más tajante que espada de doble filo...
...juzga deseos e intenciones del corazón"
(Heb 4,12)

La Palabra de Dios siempre es eficaz, nunca cae en el vacío, por eso se puede decir que la Palabra de Dios es siempre sacramental: realiza lo que significa, sin embargo nuestro mundo inundado de palabrería, ha perdido la atención y la fe en las palabras.

En el camino de Jesús

"Alégrate. La proximidad del Mesías sólo puede despertar alegría en el corazón de los
creyentes, porque con El todos nuestros deseos de plenitud y de eternidad serán un día
realidad, esa vida sin lucha que todos con sus diversos matices anhelamos (creyentes o
no), serán un día realidad, cuando derrote el pecado del mundo." (Jn 1,29)

A pesar de la euforia de nuestra sociedad de los adelantos técnicos, a pesar de las propagandas que prometen felicidad a bajo precio, a pesar de las ansias infinitas de placer de nuestro mundo..., nos sentimos hambrientos de alegría. Nuestro mundo ha perdido el camino y es víctima de un equívoco cruel. Nada buscamos tanto como la felicidad y la alegría.

La alegría que nos promete Dios a través de sus profetas y de la Palabra, no se parece en nada a la que nos anuncian en televisión o en las fiestas: acaparar cachivaches, diversión ruidosa, alboroto superficial, unas cuantas copas "solo" para estar contentillos... La alegría que nos prometen es la alegría de compartir, no de acaparar, la alegría de servir, no de dominar, la alegría de ser libre, no de la evasión frívola.

Dice la Biblia que el sendero que lleva a la vida es angosto y la puerta "estrecha", pero me atrevería a decir que más bien es "bajita", y que aquel que se siente "seguro de sí mismo", al que nunca se le "puede decir nada", que los demás son los imperfectos, que se siente asi mismo una persona "sin tacha", al no poder inclinarse por su orgullo y seguridad, no puede, por más que empuja con todas sus fuerzas, entrar por esa puerta bajita. Por el contrario aquel que reconoce su pecado que sabe con un corazón sincero, que solamente Jesús puede salvarle ("Yo no he venido a salvar a los justos si no a los pecadores..."), que es verdad que es él, quien también se equivoca, y no son siempre los demás los equivocados, que sabe perdonar a los demás sus fallos porque él también sabe
que falla; ese es el que podrá agacharse y entrar por la puerta ya que su orgullo se quedó fuera...

Continuación

Jesús nos libra del pecado

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