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LA GRAN RIQUEZA: LA FE EN EL ESPÍRITU SANTO

Desarrollo

Como siempre que abordamos el ámbito de lo sobre natural y tratamos de poner en contacto la infinitud y la finitud, lo temporal y lo eterno, Dios y su criatura, el alma y Dios, nos hallamos ante el misterio, ante una serie de antinomias y de aparentes oposiciones. ¿Cómo resolverlas? Abandonándonos. Es aquí donde encuentran su razón de ser el abandono y la fe, esa fe en la presencia del Espíritu Santo que vive en nuestra alma, en el arquitecto que habita en nosotros, en el huésped divino, que es la vida de nuestra alma.

Para que esta fe sea una fe viva, continua y operante, para que sea verdaderamente una fuerza, es necesario que el apóstol se habitúe al contacto íntimo y profundo con Dios. Cuando leemos la historia de la Iglesia desfilan ante nuestros ojos aquellos a quienes Dios ha puesto en las grandes encrucijadas de la historia para suscitar movimientos en los pueblos, para hacer grandes obras en la Iglesia: son siempre almas convencidas en la presencia del Espíritu Santo.

Cuando los primeros apóstoles se pusieron en camino para conquistar el mundo, ¿En qué consistía su riqueza? Consistía en su experiencia del Espíritu Santo, en sentirle como una Persona viviente y en poder decir, dirigiéndose al pueblo cristiano: "Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros". Esta era su gran riqueza.

Disponían de medios humanos y ciertamente los utilizaron ; el apóstol san Pablo, que era hombre de estudio y de brillante inteligencia, fue el teólogo del cristianismo. Aquellos que tenían menos talento llevaron a cabo una obra exterior que se ha considerado de menor empeño. Pero todos estaban igualmente convencidos de que el Espíritu Santo vive en nuestra alma.

Os invito ha hacer un acto de fe en el Espíritu Santo que habita en nuestras almas. El Espíritu Santo no es un pensamiento o una realidad que vive en las regiones superiores; es alguien que habita en nosotros, que es la vida de nuestra alma, el aliento viviente de nuestra alma; alguien que es el huésped de nuestra alma y que obra sin cesar en nosotros. En consecuencia, debemos resolvernos a vivir con el Espíritu Santo, a dedicarle nuestro tiempo, a encontrarnos con él con frecuencia.

Y cuando entramos en nosotros mismos, como sucede siempre que nos entregamos a la oración o que examinamos nuestros sentimientos para saber a qué altura del camino nos hallamos, lo que en primer lugar y casi exclusivamente debemos buscar es al Espíritu Santo, que vive en nosotros. Aquí se halla el amigo, aquí el huésped; aquí se halla el arquitecto de la Iglesia y el artífice de nuestra santificación. Aquí se halla aquel que construye la Iglesia, la gran obra para cuya realización nos hace cooperadores suyos.

Pidamos al Espíritu Santo no que nos revele su presencia por medio de un Pentecostés, por medio de manifestaciones exteriores como en el día de Pentecostés, sino que se digne revelarnos su presencia, darnos, al menos, la fe en él.

Porque, como dice nuestro Señor, el que tiene el Espíritu y cree en él, ríos de agua viva manan en su seno, y en su alma se difunde el Espíritu Santo. Ríos de vida y de luz descienden sobre las almas por obra del Espíritu Santo, pero también gracias al alma que abre, por así decir, las esclusas divinas mediante la fe en el Espíritu Santo.

Para la reflexión

San Juan de la Cruz ha escrito una oración al Espíritu Santo en versos inflamados. Es su "Llama de amor viva".

Las tres primeras estrofas del poema comienzan con un grito de invocación al Espíritu, que "Llama de fuego" que enciende e inflama ( estrofa 1ª ), y es cauterio que abrasa y purifica ( estrofa 2ª ), y es lámpara que ilumina irradia resplandores ( estrofa 3ª ).

La cuarta estrofa es un suave remanso de acogida a Cristo, que mora en el templo interior del alma, previamente inflamada, purificada e iluminada por el Espíritu.

Así el poema comienza con una intensa oración al Espíritu, y concluye con una palabra a Cristo, el "Querido" del alma. Oración al Espíritu Santo, aposentador de Cristo en nosotros. Y a Cristo mismo, que gracias al Espíritu mora en el más profundo centro del alma, más allá de las cavernas del sentido, en aspirar sabroso, de bien y gloria lleno.

A eso llama fray Juan de la Cruz la "Fiesta del Espíritu Santo en el alma del hombre". Lo dice al comentar los tres primeros versos del poema: "Oh Llama del amor viva / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro". He aquí un pasaje de su glosa:

"Porque en la sustancia del alma, donde ni el centro del sentido ni el demonio puede llegar, pasa esta fiesta del Espíritu Santo... tanto más segura, sustancial y deleitable, cuanto más interior es; porque cuanto más interior es, es más pura... Porque Dios el obrero de todo... Que, por cuanto el alma no puede obrar de suyo nada si no es por el sentido corporal, ayudada de él, del cual en estacazo está ella muy libre y muy lejos, su negocio es ya sólo recibir de Dios, el cual solo puede en el fondo del alma, sin ayuda de los sentidos, hacer obra y mover al alma en ella"

(Llama 1,9)

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