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San Juan de la Cruz

Vida

El 14 de diciembre la Iglesia celebra la fiesta de san Juan de la Cruz, místico y poeta. Sus obras están traducidas a más de 50 idiomas y es leído por cristianos, musulmanes, budistas, hindúes... Acerquémonos brevemente a su persona.

Juan de Yepes nació en Fontiveros (Ávila) en 1542 y murió en Úbeda (Jaén) en 1592. Conoció la miseria desde su infancia. Fue testigo de la muerte de su padre y de su hermano a causa del hambre. Tuvo que emigrar, mendigar y servir en un hospital de enfermos contagiosos cuando era niño. Incluso trabajó como aprendiz en distintos talleres artesanos. Posteriormente, cuando asuma cargos de responsabilidad en el Carmelo Descalzo, lo encontraremos cuidando personalmente de los enfermos, diseñando las plantas de los conventos, levantando tabiques, pintando muros, cultivando la huerta y realizando todo tipo de trabajos manuales. Algo impensable en una época en la que estas ocupaciones se consideraban incompatibles con las actividades intelectuales o de gobierno, por deshonrosas.

Paradójicamente, su condición de pobre de solemnidad le abrió la posibilidad de recibir una inicial formación intelectual en el colegio de los "doctrinos" para niños pobres de Medina del Campo. Allí "aprendió muy deprisa a leer y escribir bien". Esto le capacitó para asistir a las clases de humanidades que impartían los Jesuitas en el colegio que acababan de abrir en la ciudad. Allí se introdujo en el mundo de los autores clásicos y de la literatura italiana, de la poesía culta y de la popular.

El administrador del Hospital de la Concepción le propone convertirle en Capellán de la institución. Los Jesuitas intentan reclutarle en sus filas. Pero él decide hacerse Carmelita con el nombre de Juan de Santo Matía. Contaba 23 años. En el Noviciado recibe una intensa formación espiritual. Una lectura obligada era el Libro de la Institución de los primeros Monjes. En él se propone "el fin de nuestra vida religiosa eremítica", que es "ofrecer a Dios un corazón santo y puro... y experimentar en el alma la virtud de la presencia divina y de la dulzura de la gloria soberana".

En 1564 es enviado a la Universidad de Salamanca, que se encuentra en su momento más esplendoroso. Allí enseñan los más famosos profesores del momento: Francisco de Vitoria, Fray Luis de León, Melchor Cano, etc. Se demuestra un alumno muy aventajado y es nombrado prefecto de estudiantes, con la obligación de preparar disputas (discusiones públicas sobre un tema que se debía defender con argumentos sólidos frente a las objeciones de un contrincante).

En estos años va a sufrir una crisis vocacional. Ha sido preparado en el noviciado para llevar una vida de oración y retiro, debe leer y escuchar en su comunidads textos que le recuerdan los orígenes ermitaños del Carmelo... Y sin embargo, el Carmelo es de hecho una Orden mendicante, comprometida en el apostolado urbano. El mismo Fray Juan se encuentra ocupado en múltiples actividades, todas ellas buenas, pero distintas de su original vocación contemplativa. Después de pensarlo detenidamente, decide irse a la Cartuja, esta vez sí a entrar en una vida completamente contemplativa.

Por entonces se cruza en su vida Teresa de Jesús, que tiene ya 52 años y se había trasladado a Medina del Campo para realizar su segunda fundación de la renovada orden del Carmelo Descalzo. El Santo cuenta sólo con 25 años, y se ha desplazado desde Salamanca para cantar su primera Misa. En el locutorio, le comentó a la Madre Fundadora su deseo de irse a la Cartuja, buscando una entrega más generosa al Señor. Ella le contestó: "¿Para qué quiere ir a buscar fuera lo que puede encontrar en su propia Orden?". Y le invitó a unirse a su aventura de renovación. A él le pareció bien, "con tal de que se hiciera presto". Cambió su nombre por el de Fray Juan de la Cruz y se convirtió en el primero de los frailes descalzos y en una de las personas con las que más intimó Santa Teresa.

En el Carmelo Descalzo encontró respuesta a sus ansias contemplativas y pudo conjugar la oración constante, el trabajo manual en soledad, la vida fraterna en sencillez y la intensa actividad apostólica: predicación de la Palabra de Dios, formación de religiosos y religiosas, dirección espiritual de clérigos y laicos, así como un fecundo magisterio escrito. Recorrió todos los caminos de España y Portugal ejercitando su ministerio, llevando la contemplación a la vida y la vida a la contemplación.

Fue incomprendido, perseguido, encarcelado y maltratado. Sin embargo, no encontramos en sus obras rastro de amargura ni de resentimiento. Supo unirse íntimamente a Cristo y en él encontró todo lo que podía desear. Más de 400 años después de su muerte, sigue siendo un faro que ilumina nuestro caminar.


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