Esta es la historia de tres jóvenes caballeros.
El primero de ellos era muy grande y se llamaba Ermenegildo el segundo se llamaba Osbaldo, y era muy apuesto y elegante, y el tercero era Fausto.
Los tres habían oído hablar de un gran reino, le llamaban el reino de la felicidad. Todo el mundo quería descubrir aquel reino pero muy poca gente estaba dispuesta a dejar todo para partir en su busca.
Nuestros tres amigos una tarde se reunieron. Y decidieron que lo dejaban todo, cogían su caballo y se marchaban. Como aun eran jóvenes y no sabían muy bien por dónde empezar, pensaron que iban a ir a ver al sabio del bosque y que el les orientaría un poco en su camino. Así que se montaron en sus caballos y se introdujeron en el bosque.
Entre la brisa de los árboles y las copas que se movían a un sitio y a otro, ellos iban moviéndose al ritmo. Y después de un largo camino divisaron al fondo una pequeña cabaña con una columna de humo. Entonces aceleraron el paso viendo que ya llegaban.
Cuando estaban muy cerca la puerta de la cabaña se abrió y una anciana muy pequeñita salió; -por fin, por fin ya llegan, ya llegan- -pasad, amigos pasad- Y ellos allí pasaron sorprendidos de lo que veían. Unas figuras... más grandes que aquella anciana, unos viejos libros allá, muchas velas por otro lado...un montón de cosas...
Ellos entraron y como ella les indicaba se sentaron.
-Ay amigos hace meses que os estoy esperando..., las estrellas me contaban que ibais a venir.
La anciana empezó a hablarles, y les contaba historias de las estrellas, de lo que había visto... Y al final ya les dijo: -Tengo un secreto que quiero compartir con vosotros. En esta gran aventura que vais a empezar sólo tenéis tres caminos y en cualquiera de los tres caminos podréis encontrar el reino.
Con estas palabras misteriosas de la anciana salieron en busca de aquel reino del que tanto habían oído hablar. Se sortearon en que dirección iban a seguir, uno iría por la montaña, otro seguiría en el llano y otro tendría que bajar al valle. Y así, sacaron una moneda, la echaron al aire y se repartieron.
A Ermenegildo le toco subir a la montaña, así es que cogió su caballo negro, se montó y sin mirar a los demás, empezó su camino. Cuando estaba abajo miró hacia arriba de la montaña... y casi con la vista no alcanzaba lo alto. Así que dio un gran suspiro y comenzó a subir (el caballo, claro).
Conforme iba subiendo se iba encontrando a otra gente que caminaba, y que no tenía la suerte de tener su caballo. Y les decía: -Adiós, amigos, adiós, arriba os veo, adiós amigos-
Y el iba subiendo, y subiendo, y subiendo, y cuanto más ascendía a menos amigos veía, y a la gente que veía no le prestaba tanta atención, sólo quería llegar arriba, al final, a lo alto, donde fuera pero arriba, y cuanto más subía más solo estaba. Y le daba igual , sólo quería llegar allí arriba, y subió, y subió...
En cambio, nuestro amigo Fausto se fue por el llano.
-Que camino más fácil me ha tocado a mi, que bien- se decía a sí mismo. Empezó a ir por el llano y al principio paraba en los pueblos, trabajaba un poco, se llenaba la alforja, y se marchaba...
Pero... conforme pasaba el tiempo el se decía: -entre lo que me dan y lo que encuentro por el campo, a mi no me hace falta trabajar ni un solo día-
Y así fue que el camino de Fausto, aunque era fácil, no lo recorrió con la misma motivación del principio, y al poco de ponerse en marcha se olvidó de lo que buscaba...
A nuestro amigo Osbaldo le tocó bajar al valle. Un valle tan profundo, tan profundo que casi daba vértigo. Cogió a su caballo de la brida y comenzó a bajar y a bajar. En este camino se encontró con unos campesinos que llevaban en la espalda unos fardos enormes. El al verlos bajo de su caballo, tomó los fardos y los colgó a su caballo. Aquellos dos campesinos se incorporaron y le dieron un gran abrazo. El se puso muy contento... -si sólo les había dejado su caballo-
Siguió su camino y así se fue encontrando con mucha gente.
Primero se encontró con un cojo que se subió detrás de él, después vio a un ciego que seguía los pasos del caballo. Y así cada vez se iba juntando más gente y más gente, y más gente... porque compartían lo que tenían.
Al final llegó al pueblo con todos ellos. En aquel lugar vivía mucha gente diferente, mucha gente que había dejado su casa, su familia en busca de una vida mejor. Pero en su viaje habían padecido tanto que muchos se habían quedado ciegos al descender al valle porque era muy hondo, tan hondo, tan hondo, que la luz casi no llegaba y muchos no podían apenas ver, había otros muchos que eran cojos porque al bajar frenando para llegar al valle sus piernas se habían atrofiado para andar con normalidad, había muchos que no tenía comida porque no podía salir de aquel lugar a buscar otras cosas.
Claro, Osvaldo como tenía su caballo podía ayudar a toda aquella gente. Entonces el cada día iba haciendo algo por alguna de las personas que vivían en el valle, se esforzaba mucho... y entre todos consiguieron llegar a la conclusión de que la manera de vivir mejor era la de ayudarse mutuamente.
Cuando paso algún tiempo, recordó que los tres jóvenes caballeros y amigos habían quedado en volver para ver quien había encontrado el reino. Entonces el les dijo a sus vecinos: -amigos os tengo que dejar...-
Entonces Osvaldo empezó a subir otra vez aquel viejo valle, empezó a subir y a subir, y se iba encontrando a mas ciegos y a mas cojos que iban de camino para allá y el les decía siempre: -¡adiós amigos, hasta pronto!-
Y siguió subiendo su camino hasta que llegó al punto donde había quedado con sus amigos y allí se encontró a Ermenegildo subido en su caballo grande, negro, así Ermenegildo le vio llegar, y casi ni le miro,
Claro Osvaldo ya iba un poco vestido de harapos y ya no tenia su caballo porque lo había dejado a la gente del pueblo. Ermenegildo le miró así se dio media vuelta y se fue.
Osvaldo allí se quedó diciendo: -¡Ermenegildo, mi amigo!, se ha ido...- Esperó a que Fausto llegara, y se dijo; -quizás el, esté bien también y quiera contarme que tal le fue en su viaje...
Con tres o cuatro días de retraso Fausto llegó, le vio allí a él vestido de harapos y dijo: -¡va! este no tiene nada que darme, si lo se no vengo- Se dio media vuelta y se fue. Entonces Osvaldo le grito; -Fausto, Fausto, vuelve aquí, por favor...
Osvaldo entonces se quedó triste, -mis dos amigos-, decía, -nosotros salimos en busca de un reino, queríamos vivir algo grande y ¿qué ha pasado ahora?- él se quedó entristecido.
Decidió caminar hacia el valle porque no tenia otra cosa que hacer, y cuando se dirigía hacia él, paso a paso, caminando hacia su valle, se dio cuenta como él había encontrado aquello que un día buscaron.
En aquel valle que era hondo y oscuro, la gente tenía problemas y a veces se sentía mal, pero había algo que les llenaba de alegría y de esperanza. Allí se querían, en aquel valle había cojos, había ciegos pero la gente marchaba hacia delante porque se apoyaban los unos en los otros.
Y entonces el contento descubrió que el reino está siempre en lo mas abajo.
...el reino está siempre en lo mas abajo.