| identidad iuvenes |
|
| campaña anual |
|
| recursos iuvenes |
|
| servicios para los grupos |
|
| web |
|
|
|
|
TEMA 6: LA ORACIÓN LITÚRGICAIntroducciónLa oración pública y comunitaria del
pueblo de Dios figura con razón entre los principales cometidos de la Iglesia.
Ya en sus comienzos, los bautizados «eran constantes en escuchar la enseñanza
de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en la oración» (Hch
2,42). Por lo demás, la oración unánime de la comunidad cristiana es atestiguada
muchas veces en los Hechos de los apóstoles: 1,14; 4,24; 12,5. Testimonios de
la primitiva Iglesia ponen de manifiesto que los fieles solían dedicarse a la
oración a determinadas horas. En diversas regiones se estableció luego la costumbre
de destinar algunos tiempos especiales a la oración común, como la última hora
del día, cuando se hace de noche y se encienden las lámparas, o a la primera,
cuando la noche se disipa con la luz del sol. Andando el tiempo, se llegó a santificar
con la oración común también las restantes horas, que los Padres veían claramente
aludidas en los Hechos de los apóstoles. Allí aparecen los discípulos congregados
a media mañana (Cf. Hch 2,1-5). Pedro «hacia el medio día, subió a la azotea a
orar» (Hch 10,9); «Pedro y Juan subían al templo, a la oración de media tarde»
(Hch 3,1); «a eso de medía noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios»
(Hch 16,25). Tales oraciones realizadas en común poco a poco se iban configurando
como la oración de alabanza y de súplica, y, ciertamente oración que la Iglesia
realiza con Cristo, y a la vez, le dirige. I. LA ORACIÓN DE CRISTO: CRISTO INTERCEDE ANTE EL PADRECuando vino para comunicar a los hombres la vida de Dios, el Verbo que procede
del Padre como esplendor de su gloria, «el Sumo sacerdote de la nueva y eterna
Alianza, Cristo Jesús, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio
terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales» (Sacrosanctum
Concilium, 83). Desde entonces, resuena en el corazón de Cristo la alabanza a
Dios con palabras humanas e adoración, propiciación e intercesión: todo ello lo
presenta al Padre, en nombre de los hombres y para bien de todos ellos, el que
es príncipe de la nueva humanidad y mediador entre Dios y los hombres. El Hijo
de Dios, que es uno con el Padre (Cf. Jn 10,30), y que al entrar en el mundo dijo:
«Aquí estoy yo para hacer tu voluntad» (Hb 10,9), se ha dignado ofrecernos ejemplos
de su propia oración. En efecto, los evangelios nos lo presentan muchísimas veces
en oración: cuando el Padre revela su misión (Lc 3,21-22), antes del llamamiento
de los apóstoles (Lc 6,12), cuando bendice a Dios en la multiplicación de los
panes (Mt 14,19), en la transfiguración (Lc 9,28-29), cuando sana al sordo y mudo
(Mc 7,34) y cuando resucita a Lázaro (Jn 11,41ss), antes de requerir de Pedro
su confesión (Lc 9,18), cuando enseña a orar a los discípulos (Lc 11,1), cuando
los discípulos regresan de la misión (Mt 11,25ss), cuando bendice a los niños
(Mt 19,13), cuando ora por Pedro (Lc 22,32). Su actividad diaria estaba tan unida
con la oración que incluso aparace fluyendo de la misma, como cuando se retiraba
al desierto o al monte para orar (Mc 1,35), levantándose muy de mañana (Mc 1,35),
o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la madrugada (Lc 6,12). Tomó parte
también en las oraciones públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado,
«como era su costumbre» (Lc 4,16), como en el templo, al que llamó casa de oración
(Mt 21,13), y en las oraciones privadas que los israelitas piadosos acostumbraban
a recitar diariamente. También al comer dirigía a Dios las tradicionales bendiciones,
como expresamente se narra cuando la multiplicación del pan (Mt 14,19), en la
última Cena (Mt 26,26), en la comida de Emaús (Lc 24,30); de igual modo recitó
el himno con los discípulos (Mt 26,30). Hasta el final de su vida, acercándose
ya el momento de la pasión (Jn 12,27ss), en la última Cena (Jn 17,1-26), en la
agonía (Mt 26,36-44) y en la cruz (Lc 23,34), el Maestro mostró que era la oración
lo que le animaba en el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual. En efecto,
«Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones
y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado»
(Hb 5,7), y con el sacrificio perfecto de la cruz «ha perfeccionado para siempre
a los que van siendo consagrados» (Hb 10,14); y después de resucitar de entre
los muertos vive para siempre y ruega por nosotros (Cf. Hb 7,25). II. LA ORACIÓN DE IGLESIA1. El mandato de orar Lo que Jesús puso por obra nos lo mandó también hacer a
nosotros. Muchas veces dijo: «Orad», «pedid» (Mt 5,44) «en mi nombre» (Jn 14,13ss);
incluso nos proporcionó una fórmula de plegaria en la llamada oración dominical
(Mt 6,9-13; Lc 11,2-4) y advirtió que la oración es necesaria (Lc 18,1), y que
debe ser humilde (Lc 18,9-14), atenta (Lc 21,36), perseverante y confiada en la
bondad del Padre (Lc 11,5-13), pura de intención y concorde con lo que Dios es
(Mt 6,5-8). Los apóstoles, que, en sus cartas, frecuentemente nos aportan oraciones,
sobre todo de alabanza y de acción de gracias, también insisten en la oración
asidua (Rm 12,12) a Dios (Hb 13,15) por medió de Jesús (2Cor 1,20), en el Espíritu
Santo (Rm 8,15), en su eficacia para la santificación (1Tm 4,5), en la oración
de alabanza (Ef 5,19ss), de acción de gracias (Col 3,17), de petición (Rm 8,26)
y de intercesión por todos (Rm 15,30). 2. La Iglesia continúa la oración de Cristo
Ya que el hombre proviene todo él de Dios, debe reconocer y confesar este dominio
de su Creador, como en todos los tiempos hicieron, al orar, los hombres piadosos.
La oración, que se dirige a Dios, ha de establecer conexión con Cristo, Señor
de todos los hombres y único mediador (1Tm 2,5; Hb 8,6), por quien tenemos acceso
a Dios (Rm 5,2). Pues de tal manera él une a sí a toda la comunidad humana (Sacrosanctum
Concilium, 83), que se establece una unión íntima entre la oración de Cristo y
la de todo el género humano. Pues en Cristo y sólo en Cristo la religión del hombre
alcanza su valor salvífico y su fin. Una especial y estrechísima unión se da entre
Cristo y aquellos hombres a los que él ha hecho miembros de su cuerpo, la Iglesia,
mediante el sacramento del bautismo. Todas las riquezas del Hijo se difunden así
de la cabeza a todo el cuerpo: la comunicación del Espíritu, la verdad, la vida
y la participación de su filiación divina, que se hacía patente en su oración
mientras estaba en el mundo. También el sacerdocio de Cristo es participado por
todo el cuerpo eclesial, de tal forma que los bautizados, por la regeneración
y la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como templo espiritual y sacerdocio
santo (Lumen gentium, 10) y son habilitados para el culto del nuevo Testamento,
que brota no de nuestras energías, sino de los méritos y donación de Cristo. «No
pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que
es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros
suyos, de forma que él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios
uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con
súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo
quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y
es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros
por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos,
pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros»
(S. Agustín, Comentario sobre los salmos, 85,1). En Cristo radica, por tanto,
la dignidad de la oración cristiana, al participar ésta de la misma piedad para
con el Padre y de la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su
vida terrena, y que es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus
miembros en reperesentación de todo el género humano y para su salvación. 3. La
acción del Espíritu Santo La unidad de la Iglesia orante es realizada por el Espíritu
Santo, que es el mismo en Cristo, en la totalidad de la Iglesia y en cada uno
de los bautizados. El mismo «Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» e «intercede
por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26), siendo el Espíritu del Hijo, nos
infunde el «espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)»
(Rm 8,15). No puede darse pues, oración cristiana sin acción del Espíritu Santo,
el cual, realizando la unidad de la Iglesia, nos lleva al Padre por medio del
Hijo. 4. Carácter comunitario de la oración Por tanto, el ejemplo y el mandato
de Cristo y de los apóstoles de orar siempre e insistentemente no han de tomarse
como simple norma legal, ya que pertenecen a la esencia íntima de la Iglesia,
la cual, al ser una comunidad, debe manifestar su propia naturaleza comunitaria
incluso cuando ora. Por eso, en los hechos de los apóstoles, donde por vez primera
se habla de la comunidad de fieles, aparece ésta congregada en oración «con algunas
mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14).
«En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo» (Hch 4,32), y
esta unanimidad se fundaba en la palabra de Dios, la comunión fraterna, la oración
y la eucaristía (Cf. Hch 2,42). Si bien la oración hecha en oculto y cerrada la
puerta (Cf. Mt 6,6), que es necesaria y debe recomendarse siempre (Sacrosanctum
Concilium, 12), la realizan los miembros de la Iglesia por medio de Cristo y en
el Espíritu Santo, la oración comunitaria encierra una especial dignidad, conforme
a lo que el mismo Cristo manifestó: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy en medio de ellos» (Mt 18,20). 5. Consagración del tiempo Fiel y obediente
al mandato de Cristo de que hay que orar siempre sin desanimarse (Lc 18,1), la
Iglesia no cesa un momento en su oración y nos exhorta a nosotros con estas palabras:
«Por medio de Jesús ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza»
(Hb 13,15). Responde al mandato de Cristo no sólo con la celebración eucarística,
sino también con otras formas de oración comunitaria, principalmente con la Liturgia
de las Horas, que, conforme a la antigua tradición cristiana, tiene como característica
propia la de servir para santificar el curso del día y de la noche (Cf. Sacrosanctum
Concilium, 83-84). En esta oración, Cristo está presente en la asamblea congregada,
en la palabra de Dios que se proclama y «cuando la Iglesia suplica y canta salmos»
(Sacrosanctum Concilium, 7); de forma tal que se establece aquella especie de
correspondencia o diálogo entre Dios y los hombre, en que «Dios habla a su pueblo...
y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración» (Sacrosantum Concilium,
33).9 En la oración litúrgica, la Iglesia, desempeñando la función sacerdotal
de Cristo, su cabeza, ofrece a Dios, sin interrupción (Cf. 1Ts 5,17), el sacrificio
de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre (Cf. Hb
13,15). Esta oración es «la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún:
es la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre» (Sacrosantum Concilium, 84). Fichas relacionadasOración de Adviento: La venida del Señor
Celebración Penitencial
|