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Viaje a Taizé

Durante la tercera semana de agosto tuvo lugar el tan anunciado y esperado viaje a Taizé organizado por Iuvenes. Todos los que participamos de esta experiencia volvimos encantados, llenos de recuerdos, historias, y muchas ganas de volver (¡Ya sólo quedan 350 días, chic@s!)

Taizé es una comunidad en la Borgoña francesa donde todos los veranos se reúnen miles de jóvenes cristianos (y no tan jóvenes, también hay un espacio para adultos y familias) de todo el mundo. Es un lugar de encuentro ecuménico y oración, donde puedes compartir el trabajo, la reflexión, el silencio y la fiesta con gente que viene de realidades muy distintas a la nuestra. Y es toda una suerte conocer al otro, ampliar horizontes, buscar juntos...

La atmósfera de paz en las oraciones y el caos de la convivencia en mil idiomas se funden en un lugar que Juan XXIII definió como "¡Ah, Taizé, esa pequeña primavera!". Una experiencia increíble para conocer, descubrir, buscar, y disfrutar... Nos hubiéramos quedado allí, pero como dicen los hermanos "A Taizé hay que venir, beber de las Fuentes de la Fe y volver a casa a seguir caminando" Ojalá se note en nuestro caminar todo lo que hemos aprendido.

Rosalía Miranda

Algunas fotos del viaje

Es un viaje para pasarlo fenomenal
 
Hay que trabajar, porque allí tienes que llevar a cabo algún tipo de servicio... ...pero también hay momentos para relajarse (están jugando a las cartas)
 
Desde luego, es un lugar donde recoger fuerzas, una fuente de alimento espiritual.
 

¿Quiéres saber más sobre Taizé y el viaje?

La Comunidad ecuménica de Taizé (fundada por el Hermano Roger) acoge desde hace muchos años a jóvenes y mayores que acuden desde cualquier parte de Europa e incluso del resto del mundo, para vivir una experiencia de encuentro con uno mismo, con Dios y con los demás, una experiencia de búsqueda del sentido de la vida, y para compartir momentos que siempre son inolvidables... Durante la tercera semana de agosto un grupo de gente de Valencia, Almagro, Madrid... estuvimos allí.

Los primeros días en Taizé son siempre un poco caóticos, aunque quienes realizan la Acogida (los hermanos de la Comunidad y otros visitantes de Taizé que llevan allí más tiempo) lo hacen siempre de la manera más cálida, fraternal y organizada posible. Al principio, cuesta un poco adaptarse al horario y al ritmo de las actividades...

A lo largo del día, bien por la mañana o por la tarde, hay encuentros en grupos pequeños de reflexión, con gente de diferentes países. Los hermanos proponen diversos temas sobre los que reflexionar durante la semana.

Además, cada persona elije también una tarea para desarrollar durante la semana: hacer la comida, limpiar los baños, ayudar en la guardería, trabajar el Ojak (el bareto donde tomarse un descanso...), hacer de go-to-bed o "goutubed" (personas que procuran que se mantenga el silencio y la calma en toda la explanada a partir de las 23.30h)... A los que deciden quedarse un mes o más, les son asignadas las tareas de más responsabilidad, de manera que todo acaba siendo prácticamente "autogestionado" por los propios visitantes (digamos que los hermanos supervisan y organizan, y ofrecen la "infraestructura", además de –sencillamente– lo que tienen y lo que son).

 

Tanto en el grupo de reflexión como en el de trabajo, acabas compartiendo mucho más que reflexiones y trabajo... Resulta muy enriquecedor intercambiar experiencias y vivencias con gente de países tan diferentes como Polonia, Francia, Italia, Alemania, Portugal, Israel...

Por las tardes también tienen lugar diferentes talleres, de contenidos muy variados (desde talleres sobre la oración o la fe, hasta algunos relacionados con la pintura y el arte, pasando por exhibiciones de bailes del mundo, etc.). En estos talleres de la tarde –como en el resto de actividades de Taizé–, normalmente hay "espontáneos" o voluntarios que van traduciendo a diferentes idiomas lo que se va diciendo. ¡Parecía el Fórum de Barcelona!

 

Hay tres momentos del día en que la gente puede acudir a la oración con los hermanos de la Comunidad, en la iglesia de la Reconciliación. Se trata de un estilo de oración sencillo y muy característico de Taizé, en el que es muy fácil "entrar". La plegaria se anima con cantos repetitivos, en diferentes idiomas, con los que se consigue que la gente participe y, sobe todo, se hace posible un clima de oración, de meditación, de escucha de Dios.

También puedes buscar tus propios momentos de soledad, de recogimiento... La iglesia queda abierta hasta bien entrada la noche, y la gente suele quedarse cantando y rezando. Igualmente, existen otras zonas específicamente de silencio, como un lago cercano, o las diferentes capillas repartidas por la explanada.

Durante la oración de la tarde, es posible encontrar en la iglesia de la Reconciliación a hermanos de Taizé o sacerdotes que están pasando allí la semana, con los que hablar o confesarse. Muchos hemos encontrado en esos pequeños encuentros una palabra de aliento, o una nueva pregunta que anime a seguir caminando, a seguir buscando.

 

...Para algunos, era la primera vez que estábamos allí; para otros, la decimoquinta... En cualquier caso, y aunque sea ya un tópico, se cumple la afirmación del Papa Juan Pablo II en su visita a Taizé, en el año 1986: "Se pasa por Taizé como junto a una fuente. El viajero se detiene, se refresca y continúa su camino."

Taizé no es un lugar donde permanecer para siempre; no es el final del trayecto; no es una meta. No es un movimiento que pretenda extenderse por todo el mundo. No es un lugar donde encontrar respuestas.

En Taizé se toman fuerzas para seguir caminando; se encuentra una motivación para afrontar el día a día desde una perspectiva de confianza, de entrega y de unión fraternal con los demás; se redescubre un estímulo para "actuar" allí donde vivimos, para seguir intentando cambiar este mundo.

Los hermanos de Taizé dicen que la gente acude a ellos a menudo en busca de respuestas; ellos, en cambio, les ofrecen preguntas.

Y, al final, lo de siempre: abrazos, lloros, intercambio de direcciones, de e-mails, de cumpleaños... [Es curioso; a partir de ciertas edades, la gente pierde el interés por darse las fechas de cumpleaños...]. Y la promesa de volver a verse el año que viene.

Lo bonito de Taizé, según mi experiencia, es –como decía al principio– haberme encontrado de nuevo conmigo mismo, con los demás, y con Dios. Porque, para mí, es a través de los demás como he podido sentirme más a gusto conmigo mismo y volver a "intuir" (no diré "ver") a Dios.

Vicent Giner

 
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